| Por REDACCIÓN SUPERDEPOR |
(Por Carlos “el Chavo” Ortiz). - Más allá de reglamentos y corporaciones, el sentimiento popular borda en el pecho una insignia eterna de soberanía y memoria.
Igual siempre habrá algún cipayo que dirá que es un sacrilegio. Que no se puede hacer eso, que no se puede mezclar la geopolítica con el fútbol. Pero la camiseta argentina no sabe de neutralidades; late al ritmo de un país que recuerda, que sufre y que celebra con el alma al aire.
Lo único verdaderamente rescatable de este Mundial han sido sus partidos. Un encuentro mejor que otro: grandes goles, triunfos milagrosos, batallas épicas definidas sobre la hora.
Hemos sido testigos del crecimiento de equipos increíbles como Cabo Verde y Egipto, y sufrimos decepciones históricas como la de Uruguay tras los fatídicos errores de Muslera. Además, en este suelo norteamericano se juntaron astros que formaron constelaciones inolvidables: Cristiano Ronaldo, Luka Modric, Harry Kane, Erling Haaland, el sorprendente arquero de Cabo Verde, el desparpajo de Lamine Yamal, Neymar y su sombra, Kylian Mbappé, el inmenso guardameta Bono y seguramente tantos otros que la memoria, abrumada de buen fútbol, ahora omite.

Pero si miramos hacia nuestros héroes, si señalamos a la Argentina, yo pondría en un pedestal a todo el equipo nacional. Obviamente con Lionel Messi a la cabeza y el resto cuidándole la espalda, conformando una hermandad inquebrantable.
Un equipo formidable, hecho de buena madera, de guerreros invencibles decididos a luchar cada pelota como si fuera la última. Dispuestos a dejar la vida en el césped, tal como lo hicieron aquellos héroes inolvidables en el '86, o un poquito más atrás en el tiempo, en el frío invierno de 1982: me refiero, con el corazón en la mano, a los pibes de Malvinas.
¿Quién puede prohibirle al pueblo bordar su propio territorio sobre el pecho? Si la cuarta estrella tiene la forma de nuestras Islas Malvinas, no es política: es un simple acto de justicia, aunque justicia poética (“el que no salta es un inglés”).

Lo increíble de este certamen —por no decir lo espantoso y comercial— ha sido cómo la FIFA le regaló a Estados Unidos el reglamento de juego a su conveniencia. Inventaron el "corte de hidratación" solo para meter publicidades y potenciar el negocio de las apuestas en vivo.
Le otorgaron una amnistía insólita a un jugador estadounidense, anulándole la sanción tras una tarjeta roja directa. Ver ese poder corporativo mezclado impunemente con el fútbol es, francamente, un espanto.
Justo en un Mundial organizado en los Estados Unidos, un territorio que históricamente ha provocado masacres ajenas bajo el manto de la geopolítica. Y ni hablar del "boludeo" infame que le hicieron pasar a los iraníes, impidiéndoles descansar adecuadamente en suelo norteamericano y obligándolos a viajar a las apuradas hacia México.
Un espanto absoluto, salvo por la frescura de los jugadores y la bendita pelota cuando empezaba a rodar.

Contra todo y contra todos, Argentina jugará este domingo la séptima final de su historia. El camino a la gloria eterna ya conoce tres estaciones doradas: 1978, con César Luis Menotti como estratega ante la vieja Holanda (que ahora insisten en llamar Países Bajos) por 3 a 1; 1986, con el Doctor Carlos Bilardo venciendo 3 a 2 a Alemania; y ese milagro de 2022 al mando de un inexperto —hasta ese momento— Lionel Scaloni, en aquel infartante partido ante Francia y el inmortal penal de "todos somos Montiel".
También supimos de la dignidad en la derrota en tres ocasiones: en 1930, bajo la conducción de Francisco Olazar y Juan Tramutola, cayendo 4 a 2 ante Uruguay en el Centenario de Montevideo; y las dos finales posteriores ante Alemania, ambas por la mínima diferencia: en Italia '90 con Bilardo y en Brasil 2014 con el querido Alejandro Sabella en el banco.
Es una certeza dolorosa que este domingo se terminará una época de gloria absoluta para nuestro fútbol. Será el último partido de Messi con la camiseta celeste y blanca. Lo vamos a extrañar con locura, del mismo modo que extrañamos a Diego Armando Maradona tras aquel trágico corte de piernas en el Mundial del '94.

Este grupo de jugadores formó una auténtica generación dorada que será imposible de igualar. España será un rival durísimo en esta final, pero no hay imposibles para los nuestros, esos que son capaces de encontrar el milagro en los minutos finales cuando las piernas ya no responden pero el orgullo empuja.
La FIFA pegará el grito en el cielo, por supuesto. Ellos, que se pretenden "limpios" por donde se los mire, insistirán en que no se debe mezclar la política con el deporte.
Y algún cipayo de nuestro propio país repetirá el libreto. Pero decime la verdad, hermano argentino: ¿No está hermoso ese escudo con las cuatro estrellas, donde la última son nuestras islas?
Ojalá se multiplique en remeras, tazas, termos y mates. Que quede estampado para siempre en los gorros y en las banderas, desafiando esa absurda prohibición que nos impide portar el dibujo de un pedazo sagrado de nuestro territorio.
Este domingo, jueguen por la historia, jueguen por el viejo que los mira desde el cielo, jueguen por los pibes que quedaron en las islas. El domingo, cueste lo que cueste, ¡el domingo tenemos que ganar!

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(Por Carlos “el Chavo” Ortiz). - Más allá de reglamentos y corporaciones, el sentimiento popular borda en el pecho una insignia eterna de soberanía y memoria.
Igual siempre habrá algún cipayo que dirá que es un sacrilegio. Que no se puede hacer eso, que no se puede mezclar la geopolítica con el fútbol. Pero la camiseta argentina no sabe de neutralidades; late al ritmo de un país que recuerda, que sufre y que celebra con el alma al aire.
Lo único verdaderamente rescatable de este Mundial han sido sus partidos. Un encuentro mejor que otro: grandes goles, triunfos milagrosos, batallas épicas definidas sobre la hora.
Hemos sido testigos del crecimiento de equipos increíbles como Cabo Verde y Egipto, y sufrimos decepciones históricas como la de Uruguay tras los fatídicos errores de Muslera. Además, en este suelo norteamericano se juntaron astros que formaron constelaciones inolvidables: Cristiano Ronaldo, Luka Modric, Harry Kane, Erling Haaland, el sorprendente arquero de Cabo Verde, el desparpajo de Lamine Yamal, Neymar y su sombra, Kylian Mbappé, el inmenso guardameta Bono y seguramente tantos otros que la memoria, abrumada de buen fútbol, ahora omite.

Pero si miramos hacia nuestros héroes, si señalamos a la Argentina, yo pondría en un pedestal a todo el equipo nacional. Obviamente con Lionel Messi a la cabeza y el resto cuidándole la espalda, conformando una hermandad inquebrantable.
Un equipo formidable, hecho de buena madera, de guerreros invencibles decididos a luchar cada pelota como si fuera la última. Dispuestos a dejar la vida en el césped, tal como lo hicieron aquellos héroes inolvidables en el '86, o un poquito más atrás en el tiempo, en el frío invierno de 1982: me refiero, con el corazón en la mano, a los pibes de Malvinas.
¿Quién puede prohibirle al pueblo bordar su propio territorio sobre el pecho? Si la cuarta estrella tiene la forma de nuestras Islas Malvinas, no es política: es un simple acto de justicia, aunque justicia poética (“el que no salta es un inglés”).

Lo increíble de este certamen —por no decir lo espantoso y comercial— ha sido cómo la FIFA le regaló a Estados Unidos el reglamento de juego a su conveniencia. Inventaron el "corte de hidratación" solo para meter publicidades y potenciar el negocio de las apuestas en vivo.
Le otorgaron una amnistía insólita a un jugador estadounidense, anulándole la sanción tras una tarjeta roja directa. Ver ese poder corporativo mezclado impunemente con el fútbol es, francamente, un espanto.
Justo en un Mundial organizado en los Estados Unidos, un territorio que históricamente ha provocado masacres ajenas bajo el manto de la geopolítica. Y ni hablar del "boludeo" infame que le hicieron pasar a los iraníes, impidiéndoles descansar adecuadamente en suelo norteamericano y obligándolos a viajar a las apuradas hacia México.
Un espanto absoluto, salvo por la frescura de los jugadores y la bendita pelota cuando empezaba a rodar.

Contra todo y contra todos, Argentina jugará este domingo la séptima final de su historia. El camino a la gloria eterna ya conoce tres estaciones doradas: 1978, con César Luis Menotti como estratega ante la vieja Holanda (que ahora insisten en llamar Países Bajos) por 3 a 1; 1986, con el Doctor Carlos Bilardo venciendo 3 a 2 a Alemania; y ese milagro de 2022 al mando de un inexperto —hasta ese momento— Lionel Scaloni, en aquel infartante partido ante Francia y el inmortal penal de "todos somos Montiel".
También supimos de la dignidad en la derrota en tres ocasiones: en 1930, bajo la conducción de Francisco Olazar y Juan Tramutola, cayendo 4 a 2 ante Uruguay en el Centenario de Montevideo; y las dos finales posteriores ante Alemania, ambas por la mínima diferencia: en Italia '90 con Bilardo y en Brasil 2014 con el querido Alejandro Sabella en el banco.
Es una certeza dolorosa que este domingo se terminará una época de gloria absoluta para nuestro fútbol. Será el último partido de Messi con la camiseta celeste y blanca. Lo vamos a extrañar con locura, del mismo modo que extrañamos a Diego Armando Maradona tras aquel trágico corte de piernas en el Mundial del '94.

Este grupo de jugadores formó una auténtica generación dorada que será imposible de igualar. España será un rival durísimo en esta final, pero no hay imposibles para los nuestros, esos que son capaces de encontrar el milagro en los minutos finales cuando las piernas ya no responden pero el orgullo empuja.
La FIFA pegará el grito en el cielo, por supuesto. Ellos, que se pretenden "limpios" por donde se los mire, insistirán en que no se debe mezclar la política con el deporte.
Y algún cipayo de nuestro propio país repetirá el libreto. Pero decime la verdad, hermano argentino: ¿No está hermoso ese escudo con las cuatro estrellas, donde la última son nuestras islas?
Ojalá se multiplique en remeras, tazas, termos y mates. Que quede estampado para siempre en los gorros y en las banderas, desafiando esa absurda prohibición que nos impide portar el dibujo de un pedazo sagrado de nuestro territorio.
Este domingo, jueguen por la historia, jueguen por el viejo que los mira desde el cielo, jueguen por los pibes que quedaron en las islas. El domingo, cueste lo que cueste, ¡el domingo tenemos que ganar!
