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Locomotora Castro en Puerto Madryn antes de la gloria mundial

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Locomotora Castro en Puerto Madryn antes de la gloria mundial

POR GUSTAVO GOMEZ

Por REDACCIÓN SUPERDEPOR

El miércoles 14 de octubre, la noticia de la muerte de Jorge Fernando “Locomotora” Castro devolvió a la memoria aquella única presentación del inolvidable campeón en Puerto Madryn. Fue el viernes 18 de junio de 1993, en el gimnasio Benito García del club Guillermo Brown, donde derrotó por nocaut en el segundo asalto al brasileño José Laercio Bezerra de Lima. Una noche que prometía mucho por la presencia de una figura en ascenso, pero que dejó al público con gusto a poco.

Carismático, temperamental, dueño de una personalidad que desbordaba los límites del cuadrilátero, construyó una carrera que lo llevó a la cima del boxeo mundial y lo convirtió en uno de los personajes más reconocibles del deporte argentino.

Este miércoles, con la noticia de su muerte, el recuerdo viajó inevitablemente hacia aquella noche de invierno de 1993, cuando Puerto Madryn tuvo la oportunidad de verlo en acción. Fue su única presentación en la ciudad, una visita que hoy adquiere otra dimensión con el paso del tiempo y la certeza de que, poco más de un año después, aquel boxeador que había pasado por el gimnasio de Brown se convertiría en campeón mundial.

Castro llegó a Puerto Madryn días previos a la pelea, a bordo de su BMW, se alojó en un hotel céntrico y se ocupó de promocionar el festival. Era parte de su manera de entender el boxeo: no solamente había que pelear, también había que generar expectativa. Y él tenía condiciones naturales para hacerlo.

Carismático, entrador y simpático, se mostró tal cual era. Visitó al entonces intendente de la ciudad, Victoriano Salazar, concedió entrevistas y habló de sus proyectos. En aquellas conversaciones dejaba entrever que no imaginaba una carrera demasiado extensa, que pensaba retirarse en unos pocos años y que todavía mantenía intacta la ilusión de conseguir una nueva oportunidad mundialista.

Por entonces, Castro todavía no había alcanzado la consagración definitiva. Era un boxeador de nombre, con una personalidad que ya despertaba interés, pero al que aún le faltaba escribir las páginas más importantes de su historia.

UNA PELEA QUE NO ESTUVO A LA ALTURA DE LA EXPECTATIVA

En principio, el rival anunciado para Castro era el cordobés Eduardo Garro. Sin embargo, un cambio de último momento modificó la cartelera y puso enfrente al brasileño Bezerra de Lima. El público respondió a la convocatoria y se acercó al gimnasio de Brown con la expectativa de presenciar una gran noche de boxeo. La presencia de Castro era un atractivo suficiente para imaginar una velada memorable. Sin embargo, el espectáculo principal terminó ofreciendo bastante menos de lo esperado.

El primer round transcurrió casi sin golpes. Hubo movimientos, desplazamientos y una suerte de danza sobre el cuadrilátero, pero faltaron las emociones que el público había ido a buscar.

En el segundo asalto comenzó a quedar en evidencia la escasa resistencia que ofrecía el brasileño. Desde las tribunas empezaron a bajar los silbidos, una señal clara de que la gente no estaba conforme con lo que veía.

Entonces, Castro resolvió el trámite. Conectó tres golpes certeros y terminó la pelea por nocaut, ante un rival que prácticamente no consiguió ofrecer oposición.

La victoria fue cómoda, sin sobresaltos y sin necesidad de desplegar demasiado de su repertorio. El resultado quedó registrado en las estadísticas, pero la sensación que perduró entre los espectadores fue otra: habían ido a ver a una figura del boxeo argentino y se encontraron con un combate que se terminó mucho antes de entregar el espectáculo esperado.

Aun así, hubo algo que nadie pudo quitarle a aquella noche. Puerto Madryn había tenido frente a sus ojos a un boxeador que, con el tiempo, se transformaría en una leyenda popular del deporte argentino.

EL CAMPEÓN QUE LLEGÓ UN AÑO DESPUÉS

La historia quiso que aquella presentación quedara situada justo antes del momento que cambiaría para siempre la carrera de Castro.

El 12 de agosto de 1994, el santacruceño conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) al vencer al estadounidense Reggie Johnson y alcanzar la cima que tanto había perseguido.

Pero su consagración internacional definitiva llegaría el 10 de diciembre de ese mismo año, en una de las peleas más recordadas de la historia del boxeo argentino. Aquella noche, Castro defendió su corona frente a John David Jackson. El combate parecía escapársele de las manos. El estadounidense lo castigó durante buena parte de la pelea y las inflamaciones en ambos ojos reflejaban el sufrimiento del argentino, que se encontraba al borde de la derrota.

Sin embargo, cuando todo parecía perdido, apareció el golpe que quedó para siempre en la memoria colectiva: una potente izquierda al mentón de Jackson, en el noveno asalto, que derribó al estadounidense. Después llegaron otras dos caídas y el desenlace por nocaut.

Fue una demostración de coraje, resistencia y poder de recuperación. Una pelea que convirtió a Castro en una figura inolvidable y que terminó de construir la leyenda de un campeón capaz de cambiar el destino de un combate cuando menos lo esperaban.

Todo eso sucedería después de aquella visita a Puerto Madryn. En junio de 1993, el público del gimnasio Benito García todavía no podía imaginar la dimensión que alcanzaría el hombre que acababa de despachar a su rival en apenas dos asaltos.

La única pelea de Locomotora Castro en Puerto Madryn no quedó en la memoria por la calidad del espectáculo ni por la jerarquía del rival. Tampoco fue una de esas noches que se recuerdan por la incertidumbre del resultado o por la emoción de un combate parejo.

Fue la oportunidad de tener cerca a un personaje que trascendió el boxeo, a un campeón que se ganó un lugar en la cultura deportiva argentina y que construyó su leyenda a fuerza de golpes, personalidad y una capacidad extraordinaria para sobreponerse a la adversidad.

Más de tres décadas después, la noticia de su muerte resignifica aquella visita. El recuerdo vuelve al gimnasio Benito García, a su BMW estacionado en Puerto Madryn, a las entrevistas, a la visita al intendente y a esos dos asaltos que quedaron registrados para siempre en la historia deportiva de la ciudad.

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Locomotora Castro en Puerto Madryn antes de la gloria mundial

POR GUSTAVO GOMEZ

El miércoles 14 de octubre, la noticia de la muerte de Jorge Fernando “Locomotora” Castro devolvió a la memoria aquella única presentación del inolvidable campeón en Puerto Madryn. Fue el viernes 18 de junio de 1993, en el gimnasio Benito García del club Guillermo Brown, donde derrotó por nocaut en el segundo asalto al brasileño José Laercio Bezerra de Lima. Una noche que prometía mucho por la presencia de una figura en ascenso, pero que dejó al público con gusto a poco.

Carismático, temperamental, dueño de una personalidad que desbordaba los límites del cuadrilátero, construyó una carrera que lo llevó a la cima del boxeo mundial y lo convirtió en uno de los personajes más reconocibles del deporte argentino.

Este miércoles, con la noticia de su muerte, el recuerdo viajó inevitablemente hacia aquella noche de invierno de 1993, cuando Puerto Madryn tuvo la oportunidad de verlo en acción. Fue su única presentación en la ciudad, una visita que hoy adquiere otra dimensión con el paso del tiempo y la certeza de que, poco más de un año después, aquel boxeador que había pasado por el gimnasio de Brown se convertiría en campeón mundial.

Castro llegó a Puerto Madryn días previos a la pelea, a bordo de su BMW, se alojó en un hotel céntrico y se ocupó de promocionar el festival. Era parte de su manera de entender el boxeo: no solamente había que pelear, también había que generar expectativa. Y él tenía condiciones naturales para hacerlo.

Carismático, entrador y simpático, se mostró tal cual era. Visitó al entonces intendente de la ciudad, Victoriano Salazar, concedió entrevistas y habló de sus proyectos. En aquellas conversaciones dejaba entrever que no imaginaba una carrera demasiado extensa, que pensaba retirarse en unos pocos años y que todavía mantenía intacta la ilusión de conseguir una nueva oportunidad mundialista.

Por entonces, Castro todavía no había alcanzado la consagración definitiva. Era un boxeador de nombre, con una personalidad que ya despertaba interés, pero al que aún le faltaba escribir las páginas más importantes de su historia.

UNA PELEA QUE NO ESTUVO A LA ALTURA DE LA EXPECTATIVA

En principio, el rival anunciado para Castro era el cordobés Eduardo Garro. Sin embargo, un cambio de último momento modificó la cartelera y puso enfrente al brasileño Bezerra de Lima. El público respondió a la convocatoria y se acercó al gimnasio de Brown con la expectativa de presenciar una gran noche de boxeo. La presencia de Castro era un atractivo suficiente para imaginar una velada memorable. Sin embargo, el espectáculo principal terminó ofreciendo bastante menos de lo esperado.

El primer round transcurrió casi sin golpes. Hubo movimientos, desplazamientos y una suerte de danza sobre el cuadrilátero, pero faltaron las emociones que el público había ido a buscar.

En el segundo asalto comenzó a quedar en evidencia la escasa resistencia que ofrecía el brasileño. Desde las tribunas empezaron a bajar los silbidos, una señal clara de que la gente no estaba conforme con lo que veía.

Entonces, Castro resolvió el trámite. Conectó tres golpes certeros y terminó la pelea por nocaut, ante un rival que prácticamente no consiguió ofrecer oposición.

La victoria fue cómoda, sin sobresaltos y sin necesidad de desplegar demasiado de su repertorio. El resultado quedó registrado en las estadísticas, pero la sensación que perduró entre los espectadores fue otra: habían ido a ver a una figura del boxeo argentino y se encontraron con un combate que se terminó mucho antes de entregar el espectáculo esperado.

Aun así, hubo algo que nadie pudo quitarle a aquella noche. Puerto Madryn había tenido frente a sus ojos a un boxeador que, con el tiempo, se transformaría en una leyenda popular del deporte argentino.

EL CAMPEÓN QUE LLEGÓ UN AÑO DESPUÉS

La historia quiso que aquella presentación quedara situada justo antes del momento que cambiaría para siempre la carrera de Castro.

El 12 de agosto de 1994, el santacruceño conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) al vencer al estadounidense Reggie Johnson y alcanzar la cima que tanto había perseguido.

Pero su consagración internacional definitiva llegaría el 10 de diciembre de ese mismo año, en una de las peleas más recordadas de la historia del boxeo argentino. Aquella noche, Castro defendió su corona frente a John David Jackson. El combate parecía escapársele de las manos. El estadounidense lo castigó durante buena parte de la pelea y las inflamaciones en ambos ojos reflejaban el sufrimiento del argentino, que se encontraba al borde de la derrota.

Sin embargo, cuando todo parecía perdido, apareció el golpe que quedó para siempre en la memoria colectiva: una potente izquierda al mentón de Jackson, en el noveno asalto, que derribó al estadounidense. Después llegaron otras dos caídas y el desenlace por nocaut.

Fue una demostración de coraje, resistencia y poder de recuperación. Una pelea que convirtió a Castro en una figura inolvidable y que terminó de construir la leyenda de un campeón capaz de cambiar el destino de un combate cuando menos lo esperaban.

Todo eso sucedería después de aquella visita a Puerto Madryn. En junio de 1993, el público del gimnasio Benito García todavía no podía imaginar la dimensión que alcanzaría el hombre que acababa de despachar a su rival en apenas dos asaltos.

La única pelea de Locomotora Castro en Puerto Madryn no quedó en la memoria por la calidad del espectáculo ni por la jerarquía del rival. Tampoco fue una de esas noches que se recuerdan por la incertidumbre del resultado o por la emoción de un combate parejo.

Fue la oportunidad de tener cerca a un personaje que trascendió el boxeo, a un campeón que se ganó un lugar en la cultura deportiva argentina y que construyó su leyenda a fuerza de golpes, personalidad y una capacidad extraordinaria para sobreponerse a la adversidad.

Más de tres décadas después, la noticia de su muerte resignifica aquella visita. El recuerdo vuelve al gimnasio Benito García, a su BMW estacionado en Puerto Madryn, a las entrevistas, a la visita al intendente y a esos dos asaltos que quedaron registrados para siempre en la historia deportiva de la ciudad.

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