“El buscador de estrellas”
El buscador de estrellas es un cuento de Sarah Mulligan, ideal para compartir en familia en el Día de San Valentín.
por Sarah Mulligan 13/02/2021 - 08.47.hs
Trata sobre la empatía y también sobre los posibles caminos de encuentro hacia el corazón del otro. En el marco de una pequeña historia de amor entre “pequeños” el cuento convoca también a los grandes a “hacernos como niños” a la hora de relacionarnos, lo que supone, no solo la capacidad incansable de asombro sino también la prevalencia de una mirada poética como actitud vital.
“El buscador de estrellas”
Por Sarah Mulligan
Lucía y Felipe se conocieron una noche de Luna curiosa, de esas en las que la Luna se pone más redonda y más blanca, como una lámpara, para ver mejor las cosas que suceden en el mundo.
Lucía se había mudado ese mismo día. Enseguida supo que el balcón de su casa nueva sería el lugar especial para escribir los poemas que le sucedían en el corazón.
Felipe era un buscador de estrellas y todas las noches se apropiaba del cielo con el catalejo que el tío Lucas le regaló.
Esa noche, Lucía descubrió a la Luna, llena de luz, y en su corazón nació un poema.
Esa noche, Felipe descubrió a Lucía, llena de poesía, y la vio brillar como una estrella.
Esa noche, la Luna conoció a Felipe y a Lucía y al verlos juntos supo que estaba ante un mundo dentro del mundo.
Felipe cantó para encantar a Lucía. Pero Lucía estaba encantada con la Luna y la poesía cantaba adentro suyo mucho más fuerte que la voz de Felipe. Por eso no lo escuchó.
Felipe se desencantó. Pero sabía que hay estrellas que titilan de una manera distinta, y que su corazón titilaba de manera distinta cuando estaba ante una de ellas. Así que dijo: “¡Manos a la obra!”. Y corrió a buscar unas cosas.
Al rato apareció con una pelota y una escalera. Por la escalera bajó del balcón hasta el jardín; con la pelota se puso a jugar para llamar la atención de Lucía. Hizo toda clase de piruetas pero Lucía ni lo miró.
- ¿Qué ve que no me ve?, se preguntó Felipe.
Entonces, Felipe vio a la Luna, y después vio a su pelota; y supo que su pelota, tan redonda y tan blanca como aquella, no tenía su brillo ni su dulzura para despertar poesías en el corazón de Lucía.
Felipe se desencantó. Pero miró a la Luna y supo que si la miraba encontraría el camino para llegar a Lucía. Con la ventanita del catalejo se apropió del cielo y, por un rato, de la Luna. Hasta que tuvo la respuesta.
Felipe dijo: “¡Allá voy!” y, peldaño a peldaño, subió la escalera de la poesía hasta llegar bien alto. Le dijo: “Con permisito” a la Luna y la alzó entre sus brazos pequeños.
Con el mismo cuidado y la misma escalera subió los peldaños hasta el balcón de la vecina nueva. Le dijo: “Con permisito” a Lucía, y le puso la Luna entre sus brazos pequeños.
Felipe y Lucía se conocieron aquella noche de estrellas nuevas en el cielo, cuando la Luna curiosa se puso más blanca y más redonda para ver mejor las cosas que sucedían en el mundo. Y fueron un mundo dentro del mundo, unidos para siempre en la poesía.
ora de relacionarnos, lo que supone, no solo la capacidad incansable de asombro sino también la prevalencia de una mirada poética como actitud vital.
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