Porque se dice que la minería del uranio es contaminante VII
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En la nota anterior dijimos algo que deliberadamente estábamos dejando para el final, a los efectos de que los propios lectores advirtieran que en las explotaciones de uranio se esconde una tremenda injusticia ambiental. No hay dudas que la minería del uranio es contaminante, que hay quienes deben sufrir las consecuencias de la extracción y quienes aprovechan el valor energético del uranio.
Concluimos que la minería de uranio no solo plantea problemas técnicos de remediación, sino también problemas sociales y políticos sobre quién asume los riesgos y quién recibe los beneficios.
En nuestro país y, particularmente en Chubut, se planea explotar uranio para exportar, es decir, para contribuir a abastecer de energía a los países del primer mundo a costa de la salud de nuestro pueblo.
En muchos casos los beneficios de una actividad los recibe un grupo, pero los riesgos y los impactos los soporta otro.
En la industria normalmente los beneficios van al sector privado, a los propietarios de las fábricas y los perjuicios de la actividad, como el ruido, el humo, los residuos sólidos y líquidos, etcétera, van al ámbito público.
Un caso típico también es el de la minería del uranio. La cadena nuclear está geográficamente separada, el mineral se extrae en un lugar, el combustible se usa en otro, y los beneficios económicos o energéticos se concentran en otros centros.
Las zonas mineras suelen ser regiones periféricas, poco pobladas o con menor peso político. Los beneficios principales, electricidad, tecnología, ingresos fiscales, industria, etc. se concentran en grandes ciudades o países consumidores.
Los ejemplos más característicos:
Uranio extraído en África o Asia Central → electricidad consumida en Europa o Asia industrial.
Uranio extraído en territorios indígenas → energía utilizada en centros urbanos.
Esto deja flotando en el aire una pregunta ética:
¿Es justo que los riesgos ambientales se concentren en comunidades que no reciben el beneficio?
Históricamente, muchas minas de uranio se han desarrollado en zonas donde viven poblaciones con poca capacidad de influencia política.
Muchas minas se explotaron en territorio de la Nación Navajo. Miles de trabajadores indígenas estuvieron expuestos a radón y polvo radiactivo. Durante décadas hubo poca protección laboral. Esto provocó altos niveles de enfermedades pulmonares, y cientos de minas abandonadas contaminando suelos y acuíferos. El gobierno estadounidense terminó creando programas de compensación, décadas después.
En la imagen se destacan las minas abandonadas en la Nación Navajo de Estados Unidos, caso que suelen citarse como ejemplo en estudios académicos:
En otras partes del mundo sucedieron hechos similares como en Níger, África, su uranio abasteció en gran parte a la industria nuclear francesa.
Las minas están en el desierto del Sáhara, cerca de comunidades tuareg. Las críticas habituales han sido, escasez de agua en la región, exposición a polvo radiactivo, beneficios económicos limitados para la población local.
Dijimos que hay distancia física entre el lugar donde se extrae el uranio y donde se aprovechan sus frutos, pero no es la única distancia, también en el tiempo. Los beneficios de la energía nuclear se reciben ahora, mientras que los residuos radiactivos, las colas mineras y los acuíferos contaminados, requieren gestión durante décadas o siglos.
Esto abre un debate moral ¿Es justo trasladar parte del riesgo ambiental a generaciones futuras?
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